Señales de la vida

Llegas, revuelves, me tienes, estallo y al final me enamoro. Porque aquí estás y dices que no te irás y ya no sé qué creer porque me han herido tanto que cuando me abrazas me incomodan las cicatrices, pero me dices que espere, que sólo será un momento porque curarás todo este desastre. Porque un día prometí que jamás volvería a decir “es para siempre” y heme aquí, acomodado en tu pecho inventando historias donde somos viejitos y el amor sigue latente. Y se siente bien. Y me sueltas y ya no hay dolor. Me sueltas y me doy cuenta de que no estoy atada, que puedo caminar a tu lado y puedo seguir siendo yo. Y sigues siendo tú, pero con tu corazón en mis manos.

Los señalamientos de transito de la ciudad me llevan directo a tu corazón, directo a ti, no hay nada en este mundo que puede apartarme de ti.

Y ya no hay dolor. Ya no hay confusión y de repente todos los días soleados tienen sentido. Porque era cierto cuando me decían que, detrás de las nubes, el cielo siempre es azul. Que siempre hay un lugar donde refugiarse de las mentiras y las traiciones. Que no me quiero ir nunca porque tus besos se sienten verdad. Porque no soy tuya y no eres mío, pero qué más da porque no se trata de pertenecer, se trata de permanecer juntos complementándonos cada día.

Tomar a la libertad como hoja en blanco, jugar al “para siempre” donde impongamos nuestras reglas, hacer trampa y nunca perder. Somos fuego que ilumina el aire, somos la chispa que empezó todo este incendio. Eres el orden que revuelve mi mundo. Eres todas las canciones bonitas que canto en la ducha porque me imagino bailándolas contigo. Soy todo lo que callas y eres todo lo que sueño. Sonreírle a la luna porque fue la única cómplice que creyó en nosotros aquellas noches de amor. Eres el mate de cedrón, las tardes de sol, la lluvia que te nombra y aquel poema de Sabines que leímos los dos. Eres cada parte de mi cuerpo que se eriza cuando pronuncias mi nombre; mi talón de Aquiles. Eres todas esas pequeñas cosas que engrandeces. Somos las palabras no dichas porque nuestras miradas lo dijeron todo.